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El botón like de Facebook. El Post-It. La Playstation.

Todos estos inventos tienen un elemento común: detrás de ellos hay una mente privilegiada y una empresa. Y todos ellos suelen citarse al hablar de emprendimiento corporativo.

Un intraemprendedor puede parecer un mirlo blanco para cualquier organización: una persona con visión, creatividad, capaz de cuestionarse lo establecido y con un alto grado de iniciativa y autonomía.

Pero, ¿realmente lo es?.

Intraemprendimiento, cuando el entorno es decisivo.

Este artículo publicado en Harvard Business Review sí lo cree, pero siempre que al lado de él haya un entorno que propicie y apueste por la innovación conociendo previamente las necesidades del mercado.

Valga otro ejemplo: el de la cámara digital, concebida por un ingeniero de Kodak. Sin quitar valor al invento, el tiempo demostró que la cámara terminaría siendo desterrada por el teléfono móvil.

Kodak tenía entre las manos un gran producto, pero no siguió invirtiendo en él para evolucionar e innovar lo suficiente. La fotografía digital con cámaras y prestaciones de calidad se convirtió en poco tiempo en un estándar de los smartphones y la cámara digital, tal cómo la conocíamos, quedó relegada al olvido (hace poco contamos aquí el caso similar de Netflix y Blockbuster).

En todo caso, la historia ilustra cómo sin una visión y voluntad global de innovación, el chispazo de una cabeza privilegiada acaba extinguiéndose, o lo hace su idea al no evolucionar al mismo ritmo que el mercado.

La innovación es hoy una deuda que ninguna empresa que quiera ser competitiva debería contraer. Existe un desfase entre la velocidad de la disrupción tecnológica y la agilidad de las empresas para adaptarse a ella y entregar productos al mercado.

La innovación ha de ser una cuestión integral que vaya más allá de lo escrito en Post-Its.

Hoy es imprescindible, pero a mediados del siglo pasado parecía una rareza que una empresa contase con un departamento de marketing. Y en esa línea, apunta el artículo, es hoy casi inviable el que no haya un departamento de innovación y que su ADN se contagie a toda la compañía: a su estructura, personas y procesos.

Por ello, el emprendimiento corporativo encaja sólo si detrás hay una estrategia común de innovación.
Y las compañías necesitan de un plan estratégico que institucionalize la innovación dentro de ellas.

Programas de intraemprendimiento: enfocando la innovación

Para evitar un efecto Kodak de desenfoque, el artículo del HBR traza las siguientes prioridades a la hora de establecer un modelo de gestión de la innovación. Como veremos, las personas, su protagonismo en la foto y su reconocimiento tienen mucho que decir. Según el artículo

“En primer lugar debe existir un apoyo directivo (1), plasmado en la voluntad de movilizar recursos (2) y de establecer una gobernanza (3) que dé solidez a dicho programa, propicie el pensamiento innovador (4) y haga partícipe de él (5) a todos los miembros de la organización a través de diversos procesos y herramientas (6) con capacidad inclusiva. Asimismo, será necesario establecer recompensas y métricas (7) para, respectivamente, incentivar la participación y analizar su impacto dentro del programa. Finalmente, otra clave del modelo es aprovechar la diversidad de toda organización (8) como un elemento de potencial disruptivo y de pensamiento ‘out of the box'”.

Las comunidades de innovación abierta, con una metodología clara detrás, son uno de los canales más efectivos para la ejecución de programas corporativos de innovación e intraemprendimiento, ya que permiten aprovechar la diversidad de una compañía y asentar un marco común del que todos sus empleados son partícipes.

Ser innovador de forma constante, insiste el artículo, no pasa sólo por un manojo de fichajes estrellas.

La disrupción digital obliga a las empresas a estar en beta permanente e innovar con toda su potencia y recursos. Y de ahí la necesidad de democratizar la innovación entre todos nuestros empleados.

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